Ineludible

 

tazas

Hace demasiado tiempo que estoy postergando una tarea ineludible, pero ya no puedo aplazarla más. Mi mente me ha gritado que ya está bien. Ha enviado la orden a mis músculos para que se pongan en movimiento. Será doloroso pero es necesario.
He bajado a la tienda de enfrente y me he traído varias cajas de cartón vacías para guardarlo todo.
¿Por dónde empiezo? Todas tus cosas son tan parte de mí, que el desprendimiento me va a resultar como si de una amputación se tratara. Y sé que después de un tiempo seguiré sintiendo esa parte como un miembro fantasma, que duele y está presente sin existir.
Me dirijo al armario con resolución, al abrirlo he cerrado los ojos instintivamente, como me pasa últimamente cada vez que lo abro. Mis fosas nasales se abren y tratan de retener ese olor a ropa limpia. Si los abro me parecerá verte dentro de las camisas. Esas que, muchas veces, usé mientras preparaba el café por las mañanas. Me llega un flash de la sensación de andar descalza por el suelo de madera del pasillo, con una taza en cada mano. Despacio para no despertarte. Pero entro y me miras somnoliento con una media sonrisa, con ese leve toque atrevido y chispeante. Recorres mi cuerpo con la mirada, me acaricias con las pestañas y las tazas de café tiemblan en mis manos.
¿Sabes? He dejado de tomar café. Sin darme cuenta siempre preparaba dos tazas. No sé preparar sólo una, por lo que he optado por dejar de hacerlo y, de paso, tratar de eliminar una punzada dolorosa. El aroma del café me funde con tus ojos negros. No necesito que el olor sea real, con su recuerdo es suficiente para sumergirme en tu mirada. Más intensa, si cabe, conforme avanza el tiempo.
Porque el tiempo no se detiene, y yo quisiera desafiar a la Física y hacer que su dirección fuera a la inversa. A veces no quiero razonar, quiero rebelarme, gritar, no claudicar ante la vida injusta, ante el avance de mis días inexorable y tajante. Me resisto a resignarme, pero lo hago. Ya no estás.
Cojo y doblo toda tu ropa con celeridad, la guardo en una de las cajas antes de que me arrepienta. Algunas prendas se han mojado con mis lágrimas, que han fluido una vez más, apenas sin darme cuenta. Sé que no te gusta verme llorar, perdóname. No lo he podido evitar.
Se está haciendo tarde. Ya casi está oscureciendo. He salido a la terraza, como tantas veces lo hacíamos juntos, para simplemente charlar y observar la puesta de sol en el mar. Ahora son tan bellas como siempre, pero te siento tan cerca y tan lejos a la vez, que los colores me parecen diferentes, más intensos y quizá más tristes. Aunque también sé que soy yo la que mira y siente, la que anhela, la que recuerda y se pierde en el pasado.
Las puestas de sol no son tristes, no deben serlo. No van a serlo. Tengo que tomar esa determinación. Mi mente debe doblegar a mis sensaciones o moriré lentamente aunque siga respirando.
Me esfuerzo por escuchar el ruido del tráfico, por salir del lugar en el que me he instalado yo sola. Miro los coches pasar, y por primera vez en mucho tiempo, soy consciente de las muchas historias que transitan por la calle. Mi historia es una más. Nuestra historia ya no es, dejó de serlo.
Cojo otra caja de cartón y comienzo a guardar todos tus libros. Excepto las novelas, los he guardado todos. Y poco a poco, sin descanso, voy empaquetando todo, como si mi cuerpo y mis manos actuaran de forma automática, como si hubieran estado preparándose durante mucho tiempo para este momento, y ahora saben hacer este trabajo con una pericia inusitada. No me han temblado las manos ni una sola vez. Aunque mis ojos han vertido mares que creía ya vaciados.
He detectado cierto regusto a rabia en todo mi proceder. Rabia hacia ti y hacia mí misma. Hacia ti porque ya no estás, hacia mí porque me veo obligada a seguir hacia delante. Rabia hacia una vida que tacharé de injusta mientras viva por arrebatarme lo que más he querido.
Ya está. He borrado casi todas tus huellas físicas. Quizá ahora me resulte un poco más fácil respirar sabiendo que has muerto, y decirte adiós. Porque hay huellas imborrables de las cuales no me puedo desprender. Ni quiero.

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