Miradas

Se cruzan dos miradas, se reconocen inmediatamente. Como si una vida entera no fuera suficiente para olvidarse, ni siquiera para atenuar levemente los recuerdos latentes, insertados a fuego en algún mapa secreto de sus cortezas cerebrales.
No hay sonidos de saludos, ni movimientos que contaminen ese momento congelado de un reencuentro imposible para la esperanza de ambos. Solo se miran intensamente sin poder apartar las miradas, como si un lazo de acero invisible y ardiente los fundiera en esa historia lejana que brota como un manantial potente.
Un pestañeo de ella, un leve temblor en el labio inferior de él, y vuelven a ser dos adolescentes con la ilusión de comerse el mundo. Fueron cómplices, fueron amigos, de ese tipo de amigos que se comprenden con sólo mirarse. Porque en realidad ya desde el principio, fue un amor intenso disfrazado de amistad, aunque ninguno de los dos era consciente del disfraz. Eran dos almas conectadas de una forma especial.
Los días de instituto fueron los más bonitos, con la serenidad de no hacer planes futuros, sin la preocupación de que quizá su historia pudiera no realizarse. Eso llegaría después. Pensaron que la distancia, que un día los separó, no bastaría para mitigar lo se sentían. Y no bastaba, pero a la distancia se sumaron otros elementos mucho más aniquiladores y perversos, como la envidia, la mentira, el rencor y el dolor.
Y llegó el silencio estirado en el tiempo. Un silencio, que para ambos gritaba en sus pechos, insomnios gemelos engarzados a través de la distancia, palpitaciones simultáneas a miles de kilómetros. Cuando supo de ella, se quebró. Con su vida alejada completamente de lo que siempre soñó. Miles de agujas se clavaron en algún lugar certero de su alma. Pero la imaginó feliz y esa fue la excusa para caminar un paso más, también alejado de lo que un día soñó. Y sus vidas continuaron separadas, lentas y resignadas con apariencia feliz.
De haber creído en el destino, dirían que fue el destino, con su caprichosa actuación, quien quiso que volvieran a verse. Fue un choque de trenes, un encuentro desgarrador donde no hubo preguntas ni reclamos, solo piel y lágrimas. No quisieron pensar que fue un delirio, solo dos cuerpos representando la escena más real de sus vidas, la única, la más verdadera. Quisieron difuminar siluetas y diluir sus razones hasta hacerlas desaparecer. Evitaron la despedida, pero la hubo. Hubo agua salada mezclada, ojos cerrados y caricias de piel que se alejan lentamente, hubo abrazos rotos y susurros callados. No hubo promesas ni palabras ahogadas.
Y hoy, después de toda una vida, dos miradas vuelven a cruzarse en medio de una calle desierta, llena de gente frenética, en el caos de una gran ciudad. No hay gente ni ruido y se sumergen en el mar de sus miradas, en la profundidad de su historia, esa historia inacabada porque siempre ha estado presente en lo más hondo de sus corazones.

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