Tu esquina

El silencio penetra por el intersticio de un alma humana cuando a ésta le sobreviene la desgracia. Un retraimiento solemne y siniestro pincelado de tristeza y calma tardía, tras el llanto. Después del paisaje desolador que deja la certeza de haber perdido lo que más se ha querido, ni siquiera una fe desgarrada puede hacer que aflore un leve destello de esperanza en claridad. Penumbra, oscuridad, quietud y mutismo…silencio.
Así te encontré aquel día, en silencio. Un silencio acompañado de una mirada ausente, alejada del mundo tangible, vestimenta de inmunidad ante un dolor ya tan trillado que se había convertido en un velo etéreo, como una neblina omnipresente en aquella esquina que te servía de soporte, de anclaje férreo a este mundo incomprensible.
Algo me atrajo en la inercia de tu propio vacío, ese que alimentabas con tus días llenos de nada, con la cadencia de tu presencia silenciosa. Y cada día, al pasar por aquella esquina, te observaba.
Indagué y conocí tu historia. Ya, mi camino diario, presentaba la terca voluntad de encontrarme contigo y conseguir arrancarte una palabra. Llegaron inconexas al principio, después, con significado paulatino. Y poco a poco fui tejiendo tu desgracia y simultáneamente mi propia congoja. Tu verdad demoledora me abrumó como un tajo de sable y me dejó clavada en aquella esquina junto a ti.
Indigente, te llaman algunos, porque careces de lo necesario para vivir. Sin techo, te llaman otros, los mismos que me miran con curiosidad porque a diario me paro junto a ti. Estos no conocerán como yo, que ni siquiera te importa no tener ese techo, porque perdiste a quienes un día tuviste y se esfumaron en un instante brutal, injusto y cruel. La usencia de sonidos en tu mente y en tus cuerdas vocales fue invadiendo lo cotidiano, acabando con tu vida mucho tiempo antes de tu propia muerte. Ese silencio creció al mismo ritmo en el que lo hizo tu decadencia. Tu techo ahora es tu esquina, una pared vertical, como vertical y profunda es tu herida. Una pared rugosa, como rugosa es tu piel deshidratada y ajada. Una pared sucia, como sucias son tus ropas, tristes testigos de tu humillación.
Cómo quisiera, al menos, mitigar ese silencio. Un silencio que voy escuchando de forma atronadora cada día conforme avanzo por esa calle céntrica llena del ruido del tráfico. Que se va difuminando en mi mente a la vez que tu dolor me va calando a mí misma. Te veo, no te oigo y me duele.
Hay quienes me dicen que no me implique, que no merece la pena. Y yo me pregunto: ¿Qué es lo que merece la pena?
Hoy he sentido como fijabas la mirada en mis manos al inclinarme junto a ti y tocarte el antebrazo. Me gustaría escuchar tu nombre de tus labios, aunque ya sé que te llamas Carmen. Me he propuesto aniquilar ese silencio que me resulta taladrante después de tanto tiempo. Sé que un abismo oscuro y profundo es muy seductor y magnético para alguien que lo ha perdido todo. También sé que es mucho más fácil caer que levantarse y arrastrar en esa caída muchas cosas. Pero también sé que el tenaz puede conseguir lo que parece muy difícil, incluso imposible, como hacer que se pronuncie un nombre y con ello romper un silencio instalado en una esquina de cualquier parte. Y poco a poco conseguir más cosas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s