Reloj de pared

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Existen resortes para la memoria, misteriosos datos alojados en recónditos espacios de tu mente que van ligados en tándem con imágenes de tu pasado. Algunos son conocidos, como sé que siempre que observe nevar recordaré un paisaje concreto, que el aroma del café me funde con unos ojos negros, que una canción de Maná me hará recordar un programa de radio… Pero otros ni sabes que existen, pequeños pistoletazos que traen imágenes que ni sabías que seguían alojadas ahí, en el lugar quizá más privilegiado. En la intimidad inmensa que escondía nuestra complicidad.
Quizá seas tú misma, desde algún lugar remoto, moviendo con hilos invisibles un carrusel de elementos que confluyen finalmente en un momento que ambas vivimos en breve pero intensa plenitud.
Peinarte.
Y es que cuando oigo el tictac de un reloj te veo sentada en tu silla de anea, en medio del silencio de tu casa fresca y tenue. El intenso calor seco del verano queda neutralizado con el frescor de la sala, con la claridad disimulada que proporcionan las cortinas echadas. Sólo se oye el silencio, el calor de la calle y un tictac como testigo de nuestra imagen. El viejo reloj de cuerda de pared marca la hora. Ese reloj lo tengo grabado en la fibra más fuerte y sensible de mi corazón, junto a tu voz, junto a tu olor, junto a tu imagen.
Tu pelo blanco moteado en gris es seda entre mis dedos, mis manos pequeñas y pálidas pasan el peine lentamente, como a cámara lenta, y siento su textura de una forma intangible, con el tacto del recuerdo. No hay prisas, alargamos el momento todo lo que nos apetece, o quizá haya sido mi propia memoria la que ha hecho de ese momento algo inmenso.
Y si ese genio imaginario me concediera, no tres, sino un sólo deseo, susurraría sin vacilar y con firmeza:
“Quiero volver a ser niña, tener once años en una mañana calurosa de verano. Escuchar el tictac del reloj de pared, observar tu espalda serena, peinar tu pelo blanco, trenzarlo y enrollarlo en la nuca, inhalar tu aroma suave a lavanda y decirte: —Qué guapa te he dejao, Lala—Y tú me sonríes y me dices: —Venga mi niña, vamos a la fuente a por agua.”

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