Los dibujos del mantel

lluvia-ventana

La penumbra del atardecer ya no le dejaba apreciar bien los colores de los dibujos del mantel. Era un mantel ya muy viejo, desgastado, pero siempre estaba limpio y bien estirado. Fijaba la vista en las figuras geométricas y con la mente trazaba una y otra vez los contornos, una y otra vez los dibujaba, incluso con los ojos cerrados o en la más absoluta oscuridad podía verlos.

Todas las tardes se sentaba en esa solemne butaca junto a la mesa camilla, se preparaba la taza de té y lentamente lo bebía hasta la mitad, pequeños sorbos de un té muy amargo a pesar del azúcar. El cristal de la ventana le parecía un espejo, en el que no dejaba de mirarse. Se miraba y se miraba, y su mente divagaba por preguntas que  no paraba de repetir.

 Cuando llovía y las gotas de lluvia surcaban despacio la superficie fría del cristal, las respuestas parecían aflorar espontáneas como si esclarecieran los acertijos y las dudas. En esos momentos lo veía todo claro. Comenzaba su viaje diario por los caminos y las personas de su pasado. Los errores cometidos, que alguna vez negó con rotundidad o ni siquiera fue consciente de ellos, ahora se le plantaban enfrente retándolo en confrontación. Aceptaba el reto con serenidad y un alto grado de resignación. Escribía sin pluma y sin papel, con los dedos agarrotados pero firmes, las historias que se mezclaban fugazmente, y de forma persistente volaban, como burlándose de su ya escasa memoria para los hechos cercanos.

Era un prisionero de sus propios recuerdos, ni él mismo podía perdonarse. Porque no había perdón más difícil de conceder que el que se debía a sí mismo. Recluido en su cárcel inventada, condenado a una pena de silencio y tinieblas, pasaba sus días ignorando los relojes que en un tiempo lejano fueron importantes. Y ya nada importaba. En su vuelo estático sobrevolaba paisajes demasiado distantes para producir añoranza, pero no tanto como para ser   los detonantes para hilvanar las secuencias representadas cada tarde frente al mantel. Secuencias que, algunas veces, eran suaves  y tibias imágenes que podían desprender una leve sonrisa en sus labios, pero en otras ocasiones eran secuencias lacerantes y abrasadoras que podían hacer, que con una lentitud abrumadora, brotaran lágrimas quemando sus mejillas. Y no las limpiaba, dejaba que esa fina lluvia salada mojara sus ropas, para poder sentir el frio, para saborear la sal, para percibir un escalofrío. Para simplemente sentir.

Perdía la noción del tiempo, ya ni era consciente de sus propias arrugas. Y su voz, ¿Cómo sonaría su voz? Y su nombre…¿Cómo sonaba su nombre en la voz de otro? Silencio, sólo silencio. El golpeteo de las gotas de lluvia  contra el cristal parecía gritarle como un monólogo pesado y acusador, recordándole su solitario baile visual y táctil entre la taza medio vacía de té amargo y unos dibujos descoloridos de un mantel impoluto.

Y como compañeros de su ya corto viaje, su soledad, una solemne butaca, una mesa camilla junto a la ventana, una taza de té, una tarde que agoniza y los dibujos del mantel.

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