Lo que te puedo contar de un lugar

Ven, acércate y siéntate junto a mí. Te quiero contar tantas cosas…
Necesito hablarte del color blanco en invierno, de la nieve serena y paciente que se acumula en la noche, ofreciendo una sorpresiva visión por la mañana temprano. Mientras duermes, el cielo ha trabajado con silenciosa paciencia, cubriendo los campos con un manto inmaculado. La sensación de inmensidad que te producen unas cumbres agrestes, como si fueran un gigante mudo y generoso que te ofrece un regalo sin venir a cuento. Y te preguntas qué has hecho para merecer semejante presente, dando gracias mentalmente por la suerte que has tenido de ser un punto del paisaje. Y el gélido frío se convierte en llama para las pieles más sensibles, conscientes de la paradoja, un helor cálido y un peligro protector.

Te puedo hablar de más colores, de infinidad de tonos de verde, perennes durante todo el año. Múltiples tonos ocres, no sólo en el otoño sino también al caer la tarde. En primavera una explosión de color te inundará la mirada, que se te perderá en la lejanía de valles, vegas y lomas.

Te hablaré de un silencio que no es tal, pero que sólo los oídos, que se afinan en las zonas más recónditas, son capaces de interpretar como mensajes que emiten los lugares. Percibe los símbolos más ancestrales dibujados en el cielo más estrellado que jamás hayas podido contemplar. Alza la vista lentamente en la madrugada, camina despacio con un calzado ligero, y siente la tierra que pisas. Agudiza tu percepción y sé consciente del crujir de la hierba, de la sinfonía compuesta por los caminos que transitaron tus antepasados, de ramas secas, de piedras sueltas, entre correteos de animalillos. Maravíllate con la presencia solemne de árboles centenarios como si fueran maestros serenos dando una lección con un discurso sencillo y magistral.

Existe un calor seco en verano que te calienta, no sólo el cuerpo. Te tuesta la piel y el alma, penetra en los recovecos y aflora por la mirada. Es un calor que se oye si guardas silencio en el mediodía. Cuando todos echan la siesta, recorre las calles desiertas y refúgiate bajo la sombra fresca de una noguera, suéltate el pelo y deja que la brisa te lo acaricie.
El olor a sierra y a gente sencilla, te quedará prendido en la mente y en la memoria. Coge tu cuaderno y escribe cualquier cosa que se te ocurra. O, si quieres, dibuja. Baja al arroyo, bebe su agua cristalina, descálzate y moja tus pies.

Pero no te vayas todavía, aún te puedo contar más cosas…

(Gracias, Jose Lara Muñoz, por esas fotos maravillosas de la Sierra de Segura. Nuestra sierra, nuestro lugar)

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