Acuario

acuario

—Apriétame la mano fuerte y no me sueltes, Acuario.
Le apreté la mano muy fuerte y mientras trataba de controlar el ritmo acelerado de mi frecuencia cardíaca, le dije:
—No te soltaré, Acuario.
Me sonrió.
Apareció ante mí ese brillo especial que tenía en la mirada, sus pequeños ojos chispeantes me miraron desde ese lugar remoto en el que siempre se encontraban, el que siempre sería un misterio para mí. Le quité las gafas con la otra mano. Sus ojos ahora eran un poco más grandes, más cercanos y sin embargo un poco más extraños para mí.
Ahí estaba su media sonrisa, pude ver sus pequeños dientes descuidados y amarillentos a causa del maldito tabaco. Ya no podía hacer nada, sólo sujetar su mano, acompañarle y presenciar su partida mientras trataba de controlarme a mí misma.
Y como un fogonazo, apareció ante mí el momento en el que le conocí.

—¿Qué horóscopo eres?
Era un chico joven, quizá algunos años mayor que yo, muy alto. Me dio miedo, se me acercó demasiado e inclinándose sobre mí, me miró de forma penetrante con una mirada que enseguida catalogué como muy inteligente. Intenté que no se notara mi temor, sabía que era lo más importante. Mantuve mi postura y le contesté:
—Acuario—mi voz sonó firme y suave.
—Igual que yo, Acuario.
Poco a poco fui conociendo detalles de su historial, y enseguida dejé de tenerle miedo. Era la primera vez que trabajaba en un centro mental. Tendría que aprender a no sentir miedo, aunque había pacientes realmente peligrosos, él no era uno de ellos. Su mente privilegiada, un día cualquiera decidió salirse del camino de la llamada cordura para la mayoría de la gente. Su discurso se dispersaba entre ecuaciones matemáticas, personajes mitológicos y su obsesiva fascinación por la astrología. Todo ello en una mezcla completamente desordenada de palabras en varios idiomas. Me resultaba realmente agotador tratar de conversar con él, imposible dilucidar una sola idea clara en su pensamiento. Pero, sin embargo, él captaba las mías sin ni siquiera haber terminado las frases, en muchas ocasiones me las completaba en otro idioma y yo no podía menos que sonreír impresionada.
Imaginaba que su inteligencia era tal que había sido imposible contenerla en un cerebro racional humano. Necesitaba expansión, necesitaba libertad, desprenderse de corsés y barreras físicas encefálicas. Me intrigaba enormemente la actividad frenética que debían tener esas neuronas de esa misteriosa materia gris.

Yo le caía bien, conmigo nunca ponía objeciones a la hora de tomarse su medicación y cuando estaba de turno casi nunca se enfadaba. Sus enfados eran como los de un niño pequeño, rabietas por cualquier cosa, voces y portazos. Había quienes le tenían cierto temor, al ser tan corpulento, esa voz tan grave y la posibilidad real de que en cualquier momento se tornara agresivo. Para mí nunca supuso una amenaza.

Pasó mucho tiempo hasta que volvimos a encontrarnos, esta vez ya no fue en un centro mental. La enfermedad física había hecho mella en él, pero su enigmática genialidad seguía intacta.
—Volvemos a vernos, Acuario.
Ahora, mientras apretaba su mano, trataba de trasmitirle la paz y la cercanía que sabía que necesitaba. Ese siempre había sido su mayor temor, su mayor dolor, el sentirse solo. El saberse portador de un diagnóstico demoledor, y entre los resquicios de su propia locura se derramaban lágrimas de realidad palpable, como si en los últimos momentos de su vida hubiera hecho un paréntesis para permanecer un momento en el mismo nivel de los llamados cuerdos y poder sentirse uno más. Poder sentirse normal.
Mientras sentía como se desvanecía la fuerza de sus dedos no dejé de mirarle a los ojos, su brillo no se perdería nunca, el brillo de una mente maravillosa que se paseó por el mundo de la razón para enseñarnos que las ecuaciones no siempre son matemáticas, y finalmente dejaba sin solución a la complicada integral que era su mente.

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