Entre libros

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Él
Ahí está. Acaba de entrar en la librería y ya creo que puede oír mis fuertes latidos. Seguro que se me nota, ella debe percibirlo. Algo tengo que hacer, no puedo seguir así.
La primera vez que la vi, hace ya varias semanas, no reparé mucho en ella. A priori no es una mujer llamativa. Saludó educadamente, deteniéndose unos segundos en el mostrador y se dirigió a la sección de Infantil-juvenil. Tras un buen rato revisando en las estanterías, me acerqué para ofrecerle mi ayuda.
Me dijo que estaba buscando una colección de Ada Goth con ilustraciones de Chris Riddell, en seguida le comenté que estaban agotados. Esos libros me gustan mucho, soy aficionado al cómic y tienen unos dibujos muy buenos. Le pedí que volviera a final de semana que recibiría un nuevo pedido, pero me dijo que eran para el cumpleaños de su sobrina y no podía esperar. Tendría que buscarlos en otro sitio, me sonrió levemente mirándome a los ojos y algo en su mirada me dejó suavemente atrapado. Un iris verde me envolvió como en el recuerdo de una selva del mismo color.
Después de marcharse, aún quedé un rato pensando en ese color verde, como si hubiera tocado a la puerta de algún lugar cerrado de mi memoria.
La siguiente vez que volvió no la vi entrar. Había mucha gente a esa hora, y cuando me di cuenta de su presencia, seguramente llevaba un rato mirando por el pasillo de clásicos. Tenía una forma especial de tocar los libros, como si los acariciase. Me fijé en sus finos dedos que pasaban despacio por los lomos mientras leía los títulos. Lo hacía lentamente, concentrada, sumergida en una especie de burbuja a solas con los libros. En ese momento sentí una compenetración especial con esa casi desconocida de preciosos ojos verdes.
Eligió Flush de Virginia Woolf. Al pasar por caja le ofrecí hacerse ficha de cliente, le pareció bien. Volvió a sonreírme con la mirada, de una forma que me pareció enigmática. Tengo que reconocer que no suelo ofrecer tan pronto la ficha, pero quería conocer su nombre. Me dio sus datos despacio, se mostraba tranquila y yo diría que con un toque de diversión. Quizá estaba notando que me gustaba.
En varias ocasiones, en las siguientes semanas, vino a comprar libros. Una vez se interesó por un diccionario ideológico, me pregunté si sería escritora. Tuve que encargarlo, lo cual me agradó porque se traducía en una nueva ocasión de volver a verla. En otra ocasión me pidió Las flores del Mal de Baudelaire.
Le gustaba la poesía.
Hasta ahora nunca había comprado libros actuales y siempre rechazaba el envoltorio para regalo, eran para ella.
Y ahí está de nuevo frente a mí, con esa mirada que me deja inmovilizado en el sitio. Me atrapa. Se acerca.
—Hola—La saludo.
— Hola, te quería preguntar si tienes alguna edición bonita de Drácula de Bram Stoker, es para un regalo.
— Pues sí que tengo una. Oye ¿te gustaría tomar un café conmigo?—Las palabras salen demasiado rápido, sonrío sosteniéndole la mirada, tratando de que no se note mi nerviosismo.
—Claro, me gustaría—Me corresponde con otra sonrisa y esa mirada tan suya. En este momento me llega un flash de unos ojos verdes que hacía años que no veía. La reconozco.

Ella

Vuelvo a su librería, esta vez quiero hacerle un regalo a mi hermano. Una vez vi una edición muy llamativa de Drácula de Bram Stoker y pienso que le puede gustar mucho algo así.
Desde la primera vez que vine ya han pasado varias semanas. Pensé que me reconocería de inmediato, pero no fue así. Creo que algo en mis ojos llamó su atención pero quizá sólo lo imaginé.
Fue una casualidad enterarme que vivíamos en la misma ciudad y que tenía una librería. Me hizo gracia darme cuenta que no me recordaba. Han pasado veinte años, pero yo le hubiera reconocido en cualquier parte. Su voz, sus ojos, sus manos…su nombre.
Cuando me hizo la ficha de cliente, al decirle mi nombre, pensé que definitivamente me asociaría con aquella persona de su pasado, pero tampoco. Aunque pensándolo bien, es posible que nunca llegara a conocer mi nombre.
Tengo que reconocer que he venido más asiduamente de lo que suelo comprar libros, pero no lo he podido evitar. El lugar es especial, tiene un ambiente con una mezcla entre moderno y antiguo muy bien logrado. El techo es alto y hay enormes ventanas con persianas venecianas que tamizan la luz para que no se estropeen los libros. Las paredes están revestidas de madera y amplios pasillos, bien organizados, hacen del lugar un sitio para perderse durante horas y, aunque haya mucha gente, puedes sumergirte en la búsqueda de algún título. Me gusta buscarlos. Hay quien, directamente, pregunta para que le ayuden a encontrarlo, en mi caso, prefiero hacerlo yo misma. Mi sección favorita es la de los Clásicos. Imagino que es una gran sala donde mis grandes y admirados autores están tranquilamente de tertulia disfrutando de la tarde, esperando a que alguien les haga una consulta o se interese por sus obras. Los inmortales, diría yo.
Además está él.
Esto se ha convertido en una especie de juego. Finalmente tendré que contárselo y decirle quién soy. A veces creo ver en sus ojos un atisbo de un recuerdo, como si se estuviera esforzando en resolver un enigma. Supongo que hay personas más olvidadizas que otras. En el fondo me escuece un poco que no me reconozca, tampoco he cambiado tanto, ¿O sí?
Y ahí está, parece nervioso. Me acerco.
—Hola—Me saluda
—Hola, te quería preguntar si tienes alguna edición bonita de Drácula de Bram Stoker, es para un regalo.
—Pues sí que tengo una. Oye, ¿Te gustaría tomar un café conmigo?—Me pregunta apresuradamente intentando disimular su nerviosismo.
—Claro, me gustaría—Le sonrío mirándole divertida y algo en su mirada me hace darme cuenta que en este momento me ha reconocido. Estoy segura de ello.
Ellos
Él ha reconocido sus ojos, los mismos de hace veinte años, que eran los encargados de buscarle los libros que pedía cada semana. Le buscaba los cómics que tanto le gustaban, los clásicos, algo inusual en un chico de diecisiete años y también los de poesía. Parecían coincidir en muchos aspectos literarios. En múltiples ocasiones les hubiera gustado comentarlos, pero la biblioteca del instituto no era el lugar más indicado. Ella sólo era la encargada y él un alumno más, ni siquiera iban a la misma clase. La timidez de ambos hacía que se mantuviera la distancia, sólo las miradas furtivas y cómplices eran narradoras de un diálogo imaginado por los dos, por separado y en silencio. Si hubieran puesto sonido a sus pensamientos hubieran sabido que el otro hablaba de las mismas cosas, que sus palabras encajaban a la perfección junto con su amor por los libros.
Rozaban sus dedos cada vez que se intercambiaban los libros viejos a través de la ventanilla. Ella buscaba su ficha, anotaba el título, la fecha. Se miraban. Se sonreían. Y un aroma a libros antiguos los envolvía.
Ahora, veinte años después, un nuevo aroma se sumaba a su historia. El aroma del primer café.

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