Insignificante

mirador juan leon

Aquella tarde los colores del crepúsculo le parecían diferentes. Las tonalidades se le antojaban más anaranjadas e intensas. Cada día, en su paseo tomaba un sendero distinto, pero todos le llevaban al mismo lugar. Sin pensar demasiado, sus pies parecían caminar por sí solos, sin tronco, sin un sistema nervioso central que emitiera las órdenes sobre su aparato locomotor para producir los movimientos que desencadenaban sus pausados y firmes pasos.
Mientras su mente divagaba por recovecos diversos, sus pies se encaminaban siempre al desfiladero. Avanzó por el camino de tierra, lleno de pequeñas piedras sueltas que en las pendientes podían producir caídas si no se está acostumbrado a transitar por ese tipo de caminos. Sin embargo, él llevaba toda su vida caminando por las montañas y los valles. Era un elemento más del paisaje. Un punto minúsculo e insignificante en la grandiosidad de la tierra. Agudizaba sus sentidos de una forma inconsciente, escuchaba la sierra, oía el rumor del viento entre los solemnes pinos, se impregnaba de los olores del atardecer, intuía los cambios del tiempo y la presencia de los animales, que a veces se dejaban ver ante él como si se tratara de uno de ellos.
Una pequeña partícula del mundo, así se sentía. Cerraba sus ojos y sentía la magnificencia de la naturaleza. Se nutría de su fuerza generosa y agradecía esa sensación que se le instalaba en cada una de sus fibras. La sensación de tener la certeza de ver con claridad el misterio del mundo, que no somos nada y en nuestra soberbia creemos ser lo más importante del universo. Y con estas sensaciones llegaba al conocido desfiladero, donde la inmensidad de las vistas y el silencio le hinchaban el pecho de plenitud y fusión con la tierra de sus antepasados como si una memoria genética insertada en cada célula de sus tejidos, le gritara que ese era su lugar, que necesitaba fundirse en esas rocas agrestes e imponentes, en esos valles fértiles y magníficos, en esos bosques longevos que le susurraban la sabiduría del tiempo y la fortaleza ante las inclemencias del tiempo y la agresividad de los elementos.
El hombre y la tierra, sin materiales confeccionados, sin relojes ni calendarios que marquen el tiempo. Sólo los elementos reales, los únicos que realmente importan.

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